Little Boy y Fat Man

7 abril 2010

Cuando por fin estaba terminando mi trabajo de historia sobre el papel de Japón en la Segunda Guerra Mundial, me detuve para leer detenidamente la información que había en la Wikipedia sobre las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (los nombres del titulo son lo que se pusieron a cada bomba).

Con los ojos brillantes observe las imágenes de la destrucción y las estremecedoras cifras de las victimas, no solo de aquellos que murieron en el acto si no también de esas decenas de miles de personas (imposible saber cuantos) que fallecieron después del impacto como consecuencia de las heridas y las enfermedades que las radiaciones les causaron.

Termine de leer la pagina con un nudo en el estomago y una cierta vergüenza de pertenecer al genero humano, cuyo peor enemigo es el mismo en su afán por perfeccionar continuamente los métodos para destruirse. Si unas pocas fotos en blanco y negro y un montón de datos pueden causar esta impresión no puedo ni imaginarme como tiene que ser vivir algo así.

Entonces encontré al que probablemente sea el causante de esta tragedia en particular, al menos el que dio la orden de llevar a cabo el desastre. Se trata del por aquel entonces presidente de estados unidos Harry Truman. Miro su foto con ojos sonrientes detrás de las gafas, el pelo engominado y cara de no haber roto un plato en su vida y me lo imagino sentado tranquilamente en su despacho mientras da ordenes para que otros se maten y maten por el a miles de kilómetros de distancia, seguramente orgulloso y convencido de que esta haciendo lo correcto. Con la conciencia tranquila.

Y pienso: ese hombre a matado a miles de personas y destruido la vida de otros tantos millones, en cambio él murió con 88 en su casa.

Puede que todo esto pasara hace 65 años lejos de aquí. Pero si fuimos capaces de hacernos esto una vez, ¿quién puede asegurar que no vuelva a repetirse?

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